Capítulo 11
"Adiós
Papá"
—Jesús
cariño apúrate o nos agarrara el tráfico.
Con
tan solo 8 años el chico era aún más maduro de lo que aparentaba y ello lo
dejaba muy en claro cuando tardaba casi una hora arreglando el equipo de
emergencia en caso de que algo sucediera en los viajes.
—Ya
está mamá, solo arreglaba algunas cosas. Comentó ya dentro del auto, su madre
le echo una pequeña mirada y su padre río por lo bajo.
—Hijo
eres peor que tu madre a veces, pero así te adoro.
La
rubia le golpeo el hombro a su marido en modo de juego y arranco el auto. En
toda la vía paso más tiempo dormido que despierto, no sabía por qué no era tan
resistente como cuando era más pequeño, pero no le importó. Adoraba ser como su
padre, el hombre que pasaba todo el camino dormido pero no por flojo si no por
culpa de su enfermedad. La leucemia ya estaba avanzada y aunque todos trataban
de disimular que nada pasaba para así evitar la muerte más rápida de su
familiar, el pobre hombre ya se estaba marchitando con el pasar del tiempo.
Llegaron
a un pequeño lago al que acostumbraban a ir cada verano, se bajó del auto
corriendo y escuchando los gritos de su madre «" no te vayas muy lejos,
recuerda que tienes que cenar con nosotros"».
Jesús
adoraba ese lago casi tanto como a su familia, imaginaba un mundo sin igual
donde él era un Rey y todo el territorio era suyo.
—Oye
niño ¿tienes galletas?
Se giró
sobre sus talones y miro a un niño de su edad con el cabello castaño, ojos de
color verde, una franela blanca y unos jeans desgastados.
—¿Quién
eres? ¿Qué haces en mi territorio plebeyo? El castaño frunció el ceño e inflo
sus cachetes, lo empujo hasta atrás y ya viéndole en el suelo quejándose puso
sus brazos sobre la cadera en forma de jarra.
—Yo
solo quería galletas, pero tú te buscaste la caída por decirme plebeyo. ¡No
eres un rey!
Jesús
se levantó enojado y le dé volvió el empujón. Yo llegué aquí primero, mis
padres tienen una casa aquí ¿y los tuyos? El ojo verde frunció el ceño pero
asintió, se levantó y le saco la lengua. Mis padres también tienen casa aquí,
así que también soy rey de estas tierras.
Ya
vencido y sin nada con que volver a la discusión, Jesús inflo sus cachetes y le
extendió la mano.
—Me
llamo Jesús ¿y tú?
Le
sonrío dándole una perfecta vista de la falta de un diente.
—Elliot.
Pasaron
de molestos a felices y como todo niño comenzaron a jugar muchas cosas, corrían
de un lado a otro entre risas, hasta que llegaron a un campo lleno de rosas que
no dudaron en destruir diciendo que eran monstruos que les atacaban. Elliot mira este, se parece a un dinosaurio.
Jesús
no escucho respuesta de su amigo, así que volteo pensando que le estaba jugando
alguna broma y fue entonces cuando a vio una pequeña mujer que perseguía al
ojos verdes. — ¿Te gustaría que yo te golpeara como lo haces con las rosas?
Gritaba la niña mientras seguía persiguiéndole con una vara para darle un
fuerte golpe en la cabeza. ¡No hulla
cobarde!
El
castaño se echó a reír mientras veía la escena, pero dejo de hacerlo en seco al
ver como la niña se acercaba muy molesta. — ¿De qué te ríes tonto?
Tomo
el cabello de Jesús y tiro de él haciéndole soltar un fuerte grito. — ¿Qué te
pasa niña? ¿Estás loca?, comentó Elliot.
—¡No
me llames loca! ¡Tampoco niña! ¡Me llamo Helen!
—No me
importa cómo te llames, solo no toques a mi hijo. Los tres chicos voltearon a
ver a la joven rubia que se acercó para tomar a Jesús entre brazos y fulminar a
Helen con la mirada. No quiero que te
juntes más con esa niña cariño.
Lo
llevo a casa dejando a los dos niños discutiendo entre sí. Al llegar observo a
su padre dormido en el sofá. ¡Papi! ¡Papi!
Mama no me quiere dejar jugar afuera.
Meció
a su padre de un lado a otro para que este despertara pero el hombre no abría
los ojos, la rubia se preocupó y alejo a su hijo para tratar de despertar a su
esposo.
—¡Omar!
¡Omar! ¿¡Omar!?
Vio cómo
su madre cayó al suelo y lloro, supo de inmediato que era lo que todos temían
desde hace mucho, su padre no iba a despertar más.
Se
encontraba a un lado de su Tío José en el cementerio tomándole de la mano,
tratando de evitar un escape de este algo que no sucedería.
José
era de unos treinta años de edad, adoraba a su hermano desde siempre y también
a su sobrino del cual pasado unos dos años se vuelve su padre oficial. Jesús
miraba a los lados esperando algún milagro, quizás que alguien saliera de la
nada y le dijera que todo era una broma. Pero lo único que logro ver fue a la
misma niña del lago, esta se encontraba con rasguños en la cara y varios
moretones. Tenía su cabeza arropada entre una pierna y brazo de un adolescente
quizás de unos 17 años. Lloraba sin parar mientras observaban el entierro de
alguien.
—Jesús
¿conoces a esa niña? Escucho preguntar a su tío, alzo la mirada y le vio
directo a los ojos. Se notaba que trataba de descifrarlo, Jesús negó para no
molestar a su madre aún más de lo que la hizo cuando tuvo que alejarlo de esos
niños.
—Tío
tengo hambre ¿nos podemos ir?
José
suspiro y levanto a su sobrino para cargarlo. Dio una última mirada a su
alrededor y trato de pensar que todo era un sueño, le costaba trabajo aceptar
que su hermano mayor se había marchado a pesar de que le prometió curarse
pronto.
—Vamos
a casa pequeño. Se fue caminando por aquel sendero que daba a el
estacionamiento, dejo que el niño entrara y luego encendió el auto para marcharse.
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