Capítulo
06
“Los
detalles hacen la diferencia.”
Elza.
Veintisiete minutos exactos han pasado desde que
tomé asiento en la parada de buses. La guardia terminó, está por ser las ocho
de la mañana y no he visto ni señales de la carcacha mecánica que por lo
general está infestada de adolescente molestos con sus aparatos electrónicos o
viejas parlanchinas que cada que tienen la posibilidad de hablar, lo hacen.
La luz del sol es molesta, tanto que parezco una
adicta con migraña porque debo mantener los ojos entrecerrados para que no me
ardan y quede con ceguera en plena calle. Me recuesto un poco más sobre la
banca siendo el objeto de comentarios a mí alrededor, un par de chicas que
llegaron hace un rato no han parado de hablar y señalarme dándome miradas
llenas de asco.
Maldigo en mis adentros el no haber aceptado la
invitación de Amy para irme con ella a casa, pero prefiero mil veces esto a ser
una carga, el apartamento donde me residencio está quince kilómetros
contrarios a su hogar y estoy muy segura que con lo protectora que resulta ser
se habría dado la vuelta y me habría llevado hasta la puerta de mi habitación,
acurrucarme con la manta y luego marcharse.
— Los niños de hoy en día...— Miro por sobre mi
hombro y me encuentro con una abuela que recién se sienta y ya está quejándose
de no sé qué. Le doy una sonrisa porque de cierta forma me hace feliz verla con
tal edad y tan fuerte, pero ella en cambio parece tomarlo a mal ,ya que, con su
bastón y haciendo uso de su súper poder de adulto mayor me da en el pie
haciendo que el dolor se propague rápido.
— ¡Ay!, abuelita debe tener más cuidado con eso. —
Chillo, pero eso parece divertirle porque se larga a reír.
— Mira niña, arpía, bruja o lo que seas — Quedo con
la boca abierta observando su atrevimiento, arregla sus lentes con el dedo
índice y alza el bastón en mi dirección. — A mí no me vengas a arruinar
la mañana con tus malos espíritus y aura rara, te me vas de aquí... ¡Chu! ¡chu!
¡Fuera!
Las chicas ríen sin vergüenza cuando la mujer me arroja
al suelo con todas mis cosas. Y yo pensando que era una buena mujer que merecía
respeto y toda esa mierda que mamá y papá me enseñaron, hay que ver que están
bien equivocados en algunos aspectos.
Un auto último modelo se estaciona frente a la
parada cuando recojo la cartera y los libros que se han desparramado por
doquier. Maldigo todo y a todos por lo bajo, murmurando con miedo de ser
escuchada por la abuela del mal y evitando que me golpee de nuevo con su bastón
del infierno hecho en china, creo que incluso la marca quedó estampada en el
pie porque me punza.
— ¡Rondón mueve el culo no tengo todo el día!—
giro mi cabeza como la niña del exorcista cuando escucho el apellido de
mi padre en los labios del castaño, veo como su vidrio ahumado baja con lentitud
y también cómo le sonríe a las chicas que como tontas se echan a reír.
Me dan nauseas, pero lo dejaré pasar porque él está
haciendo su acto de caridad conmigo.
Le saco la lengua a la anciana como una niña
berrinchuda y cuando se levanta para golpearme corro en dirección al auto,
abriendo la puerta y cerrándola rápido. Subo el vidrio justo a tiempo, en el
momento que el bastón estaba siendo iluminado como si fuera enviado desde el
cielo para castigar a los malos.
— ¿Dónde vives?— Giro para encontrarme con
aquella sonrisa burlesca de Elías. Arranca el vehículo y suelto el aire que no
tenía idea de haber retenido durante mi reto mental con la abuelita.
— Al norte de Wellsheys, si gustas puedes dejarme en
la parada más cercana así no pierdes tiempo de llegar a donde sea que vas. — Su
odiosa risa inunda el vehículo, me detengo de decirle alguna palabra obscena
por el hecho de que es el dueño y porque, el bus no parece dar ni señales de
aparecer por los próximos minutos.
Pasamos las calles con tranquilidad y silencio
incomodo, Elías parece notarlo así que busca una memoria SD y coloca música. La
canción de Felices los cuatro llega hasta su coro, se da
cuenta de que le fulmino con la mirada y la cambia a la de Tú a tú de
Lasso, me sé esa canción porque me gusta y la tengo de tono en mi
celular.
Un semáforo en rojo nos detiene y cuando coreo como
toda una profesional la canción caigo en la cuenta de que me está observando
con la boca abierta. Detengo mi baile improvisado y miro al frente dándome
cuenta que los autos de atrás tocan sus bocinas porque el color verde nos
indica que debemos seguir.
— Cambio a verde, deja de verme como un
retrasado y arranca. — Vuelve la música y a su vez el silencio entre
ambos, trazado por mi pérdida de confianza.
— Lo siento. No acostumbro a... Bueno a verte siendo
normal. — Murmura la última palabra, creyendo que así no podré escucharla pero
lo he hecho y con claridad.
Falta poco para llegar a mi hogar, dulce hogar. Al
fin podré cerrar los ojitos y descansar como tanto deseo, una moto pasa por
nuestro lado y el auto tambalea, ahogo un grito y veo como el castaño lucha por
mantener el control, luego de unos segundos lo logra y siento que el corazón se
va a salir por mi boca.
— Gracias a Dios todo poderoso. — Digo, Elías se
detiene en seco y golpeo el vidrio con ambas manos.
— Okay, esto es raro. —Dice soltando el volante y
viéndome a la cara. Con sus manos toma mi rostro y lo inspecciona a fondo, con
sus pulgares recorre mis mejillas, desde donde estoy puedo ver esas pequeñas
motitas amarillas en sus ojos verdes.
Esta cerca, muy cerca.
Puedo sentir su aliento chocar con mi piel y
erizarla. Puedo distinguir ese aroma dulce brotar de sus telas, sus labios
rosas entreabiertos e inhalando con brusquedad.
— Estoy bien, no me lastime. — Comento al
verlo tan cerca de mí, cortando el momento hipnótico creado por sus ojos y
entonces él termina arruinado el momento.
—Qué bueno, por un instante creí que te habías
golpeado la cabeza o algo... Digo, fue tan raro escuchar el nombre de Dios salir
de entre tus labios, es como imaginar que el diablo ora antes de dormir.
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