jueves, 5 de abril de 2018

Mi Querida Elza


Capítulo 06

“Los detalles hacen la diferencia.”


Elza.

Veintisiete minutos exactos han pasado desde que tomé asiento en la parada de buses. La guardia terminó, está por ser las ocho de la mañana y no he visto ni señales de la carcacha mecánica que por lo general está infestada de adolescente molestos con sus aparatos electrónicos o viejas parlanchinas que cada que tienen la posibilidad de hablar, lo hacen.

La luz del sol es molesta, tanto que parezco una adicta con migraña porque debo mantener los ojos entrecerrados para que no me ardan y quede con ceguera en plena calle. Me recuesto un poco más sobre la banca siendo el objeto de comentarios a mí alrededor, un par de chicas que llegaron hace un rato no han parado de hablar y señalarme dándome miradas llenas de asco.

Maldigo en mis adentros el no haber aceptado la invitación de Amy para irme con ella a casa, pero prefiero mil veces esto a ser una carga,  el apartamento donde me residencio está quince kilómetros contrarios a su hogar y estoy muy segura que con lo protectora que resulta ser se habría dado la vuelta y me habría llevado hasta la puerta de mi habitación, acurrucarme con la manta y luego marcharse.

— Los niños de hoy en día...— Miro por sobre mi hombro y me encuentro con una abuela que recién se sienta y ya está quejándose de no sé qué. Le doy una sonrisa porque de cierta forma me hace feliz verla con tal edad y tan fuerte, pero ella en cambio parece tomarlo a mal ,ya que, con su bastón y haciendo uso de su súper poder de adulto mayor me da en el pie haciendo que el dolor se propague rápido.

— ¡Ay!, abuelita debe tener más cuidado con eso. — Chillo, pero eso parece divertirle porque se larga a reír.

— Mira niña, arpía, bruja o lo que seas — Quedo con la boca abierta observando su atrevimiento, arregla sus lentes con el dedo índice y alza el bastón en mi dirección. — A mí no me vengas a arruinar la mañana con tus malos espíritus y aura rara, te me vas de aquí... ¡Chu! ¡chu! ¡Fuera!

Las chicas ríen sin vergüenza cuando la mujer me arroja al suelo con todas mis cosas. Y yo pensando que era una buena mujer que merecía respeto y toda esa mierda que mamá y papá me enseñaron, hay que ver que están bien equivocados en algunos aspectos.

Un auto último modelo se estaciona frente a la parada cuando recojo la cartera y los libros que se han desparramado por doquier. Maldigo todo y a todos por lo bajo, murmurando con miedo de ser escuchada por la abuela del mal y evitando que me golpee de nuevo con su bastón del infierno hecho en china, creo que incluso la marca quedó estampada en el pie porque me punza.

— ¡Rondón mueve el culo no tengo todo el día!—  giro mi cabeza como la niña del exorcista cuando escucho el apellido de mi padre en los labios del castaño, veo como su vidrio ahumado baja con lentitud y también cómo le sonríe a las chicas que como tontas se echan a reír. 

Me dan nauseas, pero lo dejaré pasar porque él está haciendo su acto de caridad conmigo.

Le saco la lengua a la anciana como una niña berrinchuda y cuando se levanta para golpearme corro en dirección al auto, abriendo la puerta y cerrándola rápido. Subo el vidrio justo a tiempo, en el momento que el bastón estaba siendo iluminado como si fuera enviado desde el cielo para castigar a los malos.

— ¿Dónde vives?—  Giro para encontrarme con aquella sonrisa burlesca de Elías. Arranca el vehículo y suelto el aire que no tenía idea de haber retenido durante mi reto mental con la abuelita.

— Al norte de Wellsheys, si gustas puedes dejarme en la parada más cercana así no pierdes tiempo de llegar a donde sea que vas. — Su odiosa risa inunda el vehículo, me detengo de decirle alguna palabra obscena por el hecho de que es el dueño y porque, el bus no parece dar ni señales de aparecer por los próximos minutos.

Pasamos las calles con tranquilidad y silencio incomodo, Elías parece notarlo así que busca una memoria SD y coloca música. La canción de Felices los cuatro llega hasta su coro, se da cuenta de que le fulmino con la mirada y la cambia a la de Tú a tú de Lasso, me sé esa canción porque me gusta y la tengo de tono en mi celular.

Un semáforo en rojo nos detiene y cuando coreo como toda una profesional la canción caigo en la cuenta de que me está observando con la boca abierta. Detengo mi baile improvisado y miro al frente dándome cuenta que los autos de atrás tocan sus bocinas porque el color verde nos indica que debemos seguir.

— Cambio a  verde, deja de verme como un retrasado y arranca. — Vuelve la música y a su vez el silencio entre ambos, trazado por mi pérdida de confianza.

— Lo siento. No acostumbro a... Bueno a verte siendo normal. — Murmura la última palabra, creyendo que así no podré escucharla pero lo he hecho y con claridad.

Falta poco para llegar a mi hogar, dulce hogar. Al fin podré cerrar los ojitos y descansar como tanto deseo, una moto pasa por nuestro lado y el auto tambalea, ahogo un grito y veo como el castaño lucha por mantener el control, luego de unos segundos lo logra y siento que el corazón se va a salir por mi boca.

— Gracias a Dios todo poderoso. — Digo, Elías se detiene en seco y golpeo el vidrio con ambas manos.

— Okay, esto es raro. —Dice soltando el volante y viéndome a la cara. Con sus manos toma mi rostro y lo inspecciona a fondo, con sus pulgares recorre mis mejillas, desde donde estoy puedo ver esas pequeñas motitas  amarillas en sus ojos verdes.

Esta cerca, muy cerca.
Puedo sentir su aliento chocar con mi piel y erizarla. Puedo distinguir ese aroma dulce brotar de sus telas, sus labios rosas entreabiertos e inhalando con brusquedad.

— Estoy bien, no me lastime. — Comento al verlo tan cerca de mí, cortando el momento hipnótico creado por sus ojos y entonces él termina arruinado el momento. 

 —Qué bueno, por un instante creí que te habías golpeado la cabeza o algo... Digo, fue tan raro escuchar el nombre de Dios salir de entre tus labios, es como imaginar que el diablo ora antes de dormir.

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