Capítulo 14
¿El mundo se volvió loco?
—No… —Susurra una voz
helada a centímetros de mi oreja.
Trago con dificultad la comida
intentando procesar toda esta locura de la que habla Verónica, y toda aquella
que sucede alrededor.
Alan se levanta y sirve el jugo
de naranja que está frente a él en mi vaso luego de verme beber el vino y
aguantar varias arcadas.
Después de todo creo que no sirvo
para este tipo de vida llena de lujos a la cual quieren incluirme por la
fuerza, con mentiras acerca de mi madre.
¿Qué me raptaron? ¡Ja! Si claro.
¿Qué seguirá luego? ¿Qué fui
inducida por alienígenas?
A mí no me engaña, ella podrá
parecerse mucho en la parte física pero no caigo tan fácil por ello, debido a
muchos documentales donde roban la apariencia y vida de otros, luego de
secuestrarlos y asesinarlos.
Y la verdad, no debí
pensar eso último... Ahora me da miedo haber comido todo sin pensar en que
debe tener algún tipo de veneno. Oh, diablos ¡voy a morir!
Pero estaba muy sabrosa la comida
eso no lo puedo negar.
Moriré feliz al menos.
—Haces demasiados gestos cuando
hablas contigo misma.
La sonrisa burlona de Verónica
encrespa mi piel, bufo por lo bajo y me concentro en aquel punto en la pared
color crema con dibujos de pétalos cayendo donde por mala suerte se encuentra
una mujer, parada observándonos desde la ventana.
Un nudo se instala en mi garganta
y ambos acompañantes parecen darse cuenta porque de inmediato giran en la
dirección en la que, por obra de magia se desvanece la rubia de hace segundos.
—Me estoy volviendo loca...
Alan mira de reojo a la chica a
su lado y luego a mí.
Él sabe algo.
—Vittoria, ¿has estado viendo
cosas durante este año?— Pregunta. Verónica se gira de nuevo para fijar su
vista directo a mi rostro, infringiendo miedo.
Le funciona muy bien esa
mirada macabra.
—No sé de qué hablas, solo dije
eso porque pensé que les creía de momento. —Mentí y ella lo notó.
—Rubia, ojos color verde olivo y
piel pálida ¿te suena? —Dice, jugando con una habichuela que queda en su
plato.
Alan se recostó en la silla con
los brazos cruzados, así que aparte de inmediato la mirada, de nuevo posándola
sobre aquella ventana pero esta vez emitiendo un grito de terror.
Ella estaba cubierta de sangre
observando, colocó la mano sobre la ventana y pronunció mi nombre antes de
desaparecer.
Ambos giran de nuevo y al no ver
a nadie, Alan saca de sus vaqueros un teléfono y le da indicaciones a no sé
quién de buscar en el patio trasero cualquier cosa que pueda estar por allí.
Más específico, menciona una mujer que ande rondando las cercanías.
¿Cómo supo que vi?
—No te preocupes, si está aquí te
aseguro que la van a encontrar y encerrar. — Argumenta levantándose y
dejándonos solas.
Verónica no habla. No se mueve.
No hace nada.
¿Qué le sucede?
Los minutos más largos y
agobiantes de mi vida se podría decir, ella no me dice para salir de allí y
nadie viene a recoger la mesa.
—Yo también la veía —murmura—
pero dejé de hacerlo cuando te encontramos hace cuatro meses.
Parece sumergida en lo más
profundo de sus pensamientos mientras muerde su cabello. Debido a que aún
quedan panes en la mesa y un poco de jugo, procedo a tomarlos para comer y
beber en espera de que se le ocurra algo nuevo que decir.
—Vittoria...— llama. Respondo
un ¿Uh? fingiendo que soy quien dice solo porque en muchas
películas de terror, mientras finges ser quienes dicen tienes probabilidades de
engañarlos y escapar en un momento de debilidad. — ¿Cuándo fue la última vez
que viste a mamá? ¿Aún seguía viva?
Una punzada en el pecho hizo que
la viera justo a los ojos y entonces algo en el fondo de mi ser se quebró en
mil pedazos pero... ¿Por qué?
—La verdad, no sé...— No quiero
mentirle acerca de su madre porque no sé nada, pero tampoco quiero ser una
inútil y terminar muerta porque no le di lo que quería. — puede que esté viva.
Grave error.
Sus ojos se iluminan y su sonrisa
se ensancha por la felicidad que posee, incluso emite un chillido que me
aturde.
Lágrimas bajan por sus mejillas y
empiezo a sentirme culpable, no debí decir eso pero es la única manera en la
que me mantengan viva, siempre que les dé información seré de utilidad.
—No debiste...—comenta esa
voz escalofriante de nuevo.
Enderezo la espalda cuando siento
bajar la brisa helada por ella, como si alguien tanteaba mi columna
vertebral.
¿En qué lío me he metido?
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