Capítulo 13
Bajo los pies con cautela, con miedo de que una mano salga de abajo de la cama y me arrastre a otra dimensión donde todo sea mucho peor que en la que estoy.
Una brisa cálida entra por la ventana y me atrevo a observa por ella unos segundos, el bosque espeso cubierto por neblina es muy contradictorio a lo de hace un momento. Respiro hondo y reparo en aquel puente que divide las tierras de la mansión con la villa en donde mamá compró la casa.
Siento una punzada en mi pecho y el corazón se me oprime de tan solo pensar en que podrían estarle asiendo, porque quiero negar rotundamente que la asesinaran ese día del secuestro. Una lágrima escurridiza baja y la seco rápido para no demostrar lo frágil que puedo llegar a ser.
Doy media vuelta y entro al baño para limpiar la suciedad en mi cuerpo, luego de ello salgo y busco en el enorme armario algo de ropa y enseguida siento que nada encaja conmigo. Todo es color negro y púrpura, así que supongo que esta habitación es de Verónica y la ha cedido para mi encierro.
Entre tanto buscar encuentro una camisa de encajes que no se ve tan tétrica y unos vaqueros de mezclilla oscuros que no dudo en colocarme. Tomo prestado unas botas de combate limpias y las coloco con suma facilidad ya que al parecer calzamos igual.
Supongo que me estuvieron investigando desde hace mucho.
La cabeza me duele un poco pero al menos no es tan agobiante como la sensación de estar en un sitio que parece conocido. Miro mi reflejo en el espejo y maldigo por lo bajo el no tener mi teléfono para al menos llamar a la policía y tener una leve esperanza de salir de este sitio.
Escucho un leve silbido y trago grueso. Saco la cabeza por la puerta pero no veo a nadie en el largo pasillo de madera, los alrededores son parecidos a esas casas de ricos en las películas.
Es probable que me secuestrara un viejo ricachón que adora la prostitución de menores.
Reúno todo el valor que tengo y salgo, camino tratando de hacer completo silencio y miro en todas las direcciones en busca de la salida pero nada... Solo están puertas cerradas y una que otra ventana, el pasillo está bien iluminado y la madera reluciente, los jarrones que vi hace poco parecen exportados y los cuadros dan algo de miedo si se les trata de analizar con esas personas pintadas mirando a la nada.
El final del pasillo llega, lo cual hace que baje por las extensas escaleras y el sentimiento de que alguien me observa se hace presente. Al estar al final encuentro una chica arrodillada limpiando la puerta que supongo es de entrada, carraspeo un poco para llamar la atención y preguntar en dónde queda el comedor en este amplio lugar.
—Disculpa...—toco su hombro y da un respingón asustada.
—Ay no, de nuevo tú. —Se levanta molesta— mira Verónica, ya está. Alan y yo no tenemos nada en absoluto, es más somos primos no tenía planeado decírtelo porque él aseguro que sería solo mientras te dabas cuenta que estabas loca por él, pero basta ya. Está afectando mi trabajo y tu cordura mujer.
Alzo una ceja tratando de procesar la información pero cuando estoy por responder aparece la nombrada con mala cara.
— ¡Lana! — dice, bajando animada por las escalera hasta colocarse a un lado de mí. —Te he estado buscando por todos lados, pensé que te habías perdido.
La chica ante nosotras nos ve llena de confusión y de momento su cara cambia a otra, una de vergüenza.
—Lo siento. —Comento, a pesar de que no fui yo la que se confundió. Pero me da pena el haber escuchado algo que no tenía en nada que ver conmigo.
Verónica parece reaccionar y darse cuenta que no estamos solas, su mirada se ensombrece.
—Vámonos de aquí, Lana. No debes mezclarte con la servidumbre de la casa. —Escupe con ira, paso a segundo plano de inmediato cuando ambas se miran con ganas de matarse.
—Eh... Tengo hambre. —Verónica vuelve en sí y con una amplia sonrisa agarra mi mano guiándome en otra dirección.
Fiu... Salvé mi pellejo de una muerte segura.
Caminamos unos minutos hasta un sitio donde está un portal de vidrio, la chica rara lo abrió y entramos.
Una gran mesa está en medio, a los lados las sillas cubiertas con una tela fina de color plata y parado arreglando unos cuantos platos se encuentra el chico que deduzco por como lo llamo en la habitación Verónica, es Alan.
Pobrecillo de él cuando la secuestradora se enteré de lo que ha estado haciendo con ella.
—La mesa está servida— dice agachando la cabeza ante nosotras como un mayordomo.
—Siéntate Lana. —Opto por tomar la silla más cercana a la salida y ella en frente de mí. — tú también Alan.
El chico hace caso y se sienta a su lado, mirando de reojo la expresión de la chica.
— ¿Dónde está Erior? —indago dando un bocado a la carne de su plato.
Con mucha desconfianza procedo a comer los alimentos sobre el plato de cerámica con decoración de frutas.
—Dijo que tenía algo importante que hacer, que luego vendrá para observar a su protegida. —Responde Alan y me siento fuera de lugar ante la pareja.
Ellos comen con elegancia, mientras yo lo hago como una verdadera bestia.
Mientras ellos engullen las papas asadas sobre la crema con delicadeza, yo arrojo la crema sobre todo en el plato.
Y cuando pruebo la delicia de la carne de inmediato olvido que tengo compañía y que, es posible que me estén envenenando, pero el hambre gana esta batalla.
—Uo, nunca pensé ver a Verónica de esa manera—miro a Alan quien sonríe satisfecho.
—Es porque yo soy Verónica y ella, Vittoria. —Al escuchar ese nombre siento como la boca se reseca y el pedazo de carne baja con dificultad haciendo que tosa.
— ¿Estas bien? —indaga ella.
— ¿Llamo a los paramédicos? —dice Alan alarmado.
Niego y bebo un poco del vino que han colocado en la mesa, el sabor es asqueroso o al menos a mí me parece así, pero como es lo único que estaba cerca tuve que beberlo para no morir ahogada.
— ¿Qué era lo que debías decirme? —pregunto, aun tosiendo y ella se pone recta.
Respira profundo y ve de reojo a Alan, quien sigue comiendo como si nada. Pasando por sobre lo que acabo de preguntar, intentando que nadie note su presencia.
—Bien. —Suspira— Tu nombre no es Lana, es Vittoria Isabella Kozlov Ventury. Eres, somos gemelas... Y... Te raptaron cuando tenías seis años, no tienes dieseis, sino veintidós.
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