Capítulo 08
Lunes por la mañana y camino por
los pasillos a paso indeciso.
El sueño me está matando, las
ojeras se me ven horribles y siento el cansancio como si tuviera meses así.
Para colmo los demás estudiantes
me han estado mirando raro desde que entre, Emma mi mejor y única amiga me
bloqueó en todas las redes sociales y también parece haber cambiado el número
de teléfono. Silvya, la parlanchina chica de la cabaña hizo todo lo posible por
no verme e ignorarme luego de aquella conversación espeluznante en el bosque.
Lo único que falta es que me
envíen a la dirección por algo que no he hecho.
— ¡Lana!— ahogo un grito cuando
llego a la taquilla y pego mi espalda a la misma. Kyle mira a los lados en
busca de no sé qué, luego de comprobar que no pasa nada fija su mirada en la
chica asustada con cara de muerta, en pocas palabras, sobre mí.
— ¿Qué te sucede? ¿Por qué
hiciste eso?—pregunto con tono molesto y a él parece no importarle.
— ¿Por qué te inscribiste para
ser la Delegada de clase?—su tono ronco eriza mi piel y los latidos irregulares
del corazón creo que se escuchan hasta el otro lado del instituto. Carraspeo un
poco y lo observo sacar una media sonrisa que enseguida disimula, mirando en
otra dirección.
—Me pareció una buena idea, digo,
traer un poco de normalidad. Que otros se animen a cambiar el aire de esta
atmósfera llena de miedo y suspenso. — Hace una mueca con los labios y saca su
mano del bolsillo, la extiende hacia donde estoy dejándome confundida. — ¿Qué? ¿Te
debo?
Da un leve golpe en mi frente y
sonríe.
—Dame tu número de teléfono para
estar en contacto, no me confío para nada en que seas una de las últimas a las
que le rima el nombre con las desaparecidas. —Le doy el número, guardo el suyo
y se retira cuando la campana suena, a él le toca clases de inglés por la
mañana y a mí de física.
Cuarenta y cinco minutos pasaron
dentro del aula de clases. Y, no creo que sea parte de mi imaginación el que
todos alrededor hablarán sobre las postulaciones o que el profesor Salomon
nunca viera a donde me encontraba sentada, tampoco me preguntaba nada y en la
lista no me mencionó en absoluto.
Nunca antes había sucedido esto
conmigo.
Salí corriendo al primer
campanazo y me encerré en el baño, seguía la hora de educación física y me
sentía realmente mal.
Encontré el primer cubículo medio
limpio y cerré la puerta, subí las piernas y lloré hasta cansarme.
Perdí la hora del almuerzo pero
no importaba porque no tenía hambre. Unas chicas entraron e hice silencio para
que no se percataran de mi presencia.
— ¿Escuchaste lo que dijo
Tatiana?— su voz irritante hizo que rechinara los dientes.
—Obvio, estaba ahí tarada. No
puedo creer que pidiera cambio de instituto, ósea que cobarde es...—pauso unos
minutos, supongo que se retoca el maquillaje.
—Sí, digo, ni que fuera la única
que queda también está esa chica...—Chasqueó los dedos intentando recordar—
banana— Lana, la corrigió su amiga —Esa misma y Alana, Sandra,
Ariana.
—Sabes lo estúpida que es, no es
necesario recordártelo.
La puerta del baño se abre y se
quedan en silencio.
— ¿Vienes a vomitar?—comenta la
de voz irritante con sarcasmo.—Vamos Gretta, dejemos que la cerdita se ayude un
poco.
Las risas intensas seguido de
sollozos hicieron que levantara el inexistente trasero del inodoro, espero unos
segundos y cuando escucho que una de las puertas de los cubículos se cierra,
salgo corriendo al gimnasio.
Para mi suerte la clase ya
comenzó y la profesora Hela no es del tipo que se comporta como una cría con
sus estudiantes, me da órdenes de recoger los balones al terminar y mientras
estar sentada en la banca como castigo.
Ella sabe que no es un castigo
para nada, pero es eso o tener que impartir de cero la clase.
Al terminar todos salen y solo
quedamos Alana, la chica castigada por fingir dolor menstrual y yo.
—Recoge los de allí—indica con el
dedo cerca del depósito, asiento y voy en busca de ellos. Esto es lo que más
detesto en los días que juegan a quemados, aparte de recibir balonazos por ser
la más lenta y ser la última en ser escogida.
Tomo tres balones a la vez y con
dificultad tocó el pomo de la puerta, puesto que no puedo ver porque uno de
ellos tapa mi vista. Al abrir los dejo caer y cuando los voy a arregla la
puerta es cerrada con seguro, escucho una risita cómplice afuera y caigo en la
cuenta de que fue una trampa.
Para mala suerte de los demás no
soy tan tonta como creen. Siempre estoy preparada para este tipo de cosas, así
que con paciencia dando tiempo para que se retiren y no pillen lo que hago,
saco de mi brasier el teléfono y empiezo a buscar donde cae mejor señal.
—Una barra, ¡Yuju!— murmuro y
marco al número de Kyle, porque de llamar a mamá todos se burlarían.
Primer timbre, nada.
Segundo timbre, nada aún.
Al tercer timbre estoy por darme
por vencida cuando su acento sexy se escucha.
— ¿Lana?— Quiero responder en
serio, pero un grito agudo y lleno de dolor se escucha del otro lado de la
puerta. Luego le siguen golpes secos y arañazos, una mano choca contra el
ventanal y trago un nudo grueso, me alejo con cautela hasta pegar a la pared y
cuelgo.
Choco la espalda con la fría
pared hasta caer sentada y culminar aovillada, cual cobarde.
No sé cuánto tiempo paso así
hasta que el sonido del pestillo me aterra. Un latido irregular y mis lágrimas
bajando descontroladas en espera de lo que sea que esté por entrar.
Cierro los ojos esperando al
verdugo pero en cambio escucho la voz de un ángel.
— ¿Lana?— abro los ojos y veo la
cabeza de Kyle asomarse, en su rostro se ve palpable la preocupación. —
¡Lana!—grita entrando y arrodillándose frente a mí. — ¿Te pasó algo? ¿Te
hiciste daño?, escuché el grito y me preocupé.
—No nada, estoy bien— apenas y
puedo hablar del miedo—pero... ¿Cómo me encontraste?
No hay comentarios:
Publicar un comentario