lunes, 2 de abril de 2018

MENTIRAS [Siempre fuiste tu]

Capítulo 08


Lunes por la mañana y camino por los pasillos a paso indeciso. 

El sueño me está matando, las ojeras se me ven horribles y siento el cansancio como si tuviera meses así.

Para colmo los demás estudiantes me han estado mirando raro desde que entre, Emma mi mejor y única amiga me bloqueó en todas las redes sociales y también parece haber cambiado el número de teléfono. Silvya, la parlanchina chica de la cabaña hizo todo lo posible por no verme e ignorarme luego de aquella conversación espeluznante en el bosque.

Lo único que falta es que me envíen a la dirección por algo que no he hecho. 

— ¡Lana!— ahogo un grito cuando llego a la taquilla y pego mi espalda a la misma. Kyle mira a los lados en busca de no sé qué, luego de comprobar que no pasa nada fija su mirada en la chica asustada con cara de muerta, en pocas palabras, sobre mí. 

— ¿Qué te sucede? ¿Por qué hiciste eso?—pregunto con tono molesto y a él parece no importarle.  

— ¿Por qué te inscribiste para ser la Delegada de clase?—su tono ronco eriza mi piel y los latidos irregulares del corazón creo que se escuchan hasta el otro lado del instituto. Carraspeo un poco y lo observo sacar una media sonrisa que enseguida disimula, mirando en otra dirección.

—Me pareció una buena idea, digo, traer un poco de normalidad. Que otros se animen a cambiar el aire de esta atmósfera llena de miedo y suspenso. — Hace una mueca con los labios y saca su mano del bolsillo, la extiende hacia donde estoy dejándome confundida. — ¿Qué? ¿Te debo?

Da un leve golpe en mi frente y sonríe.

—Dame tu número de teléfono para estar en contacto, no me confío para nada en que seas una de las últimas a las que le rima el nombre con las desaparecidas. —Le doy el número, guardo el suyo y se retira cuando la campana suena, a él le toca clases de inglés por la mañana y a mí de física.

Cuarenta y cinco minutos pasaron dentro del aula de clases. Y, no creo que sea parte de mi imaginación el que todos alrededor hablarán sobre las postulaciones o que el profesor Salomon nunca viera a donde me encontraba sentada, tampoco me preguntaba nada y en la lista no me mencionó en absoluto.

Nunca antes había sucedido esto conmigo.

Salí corriendo al primer campanazo y me encerré en el baño, seguía la hora de educación física y me sentía realmente mal.

Encontré el primer cubículo medio limpio y cerré la puerta, subí las piernas y lloré hasta cansarme.

Perdí la hora del almuerzo pero no importaba porque no tenía hambre. Unas chicas entraron e hice silencio para que no se percataran de mi presencia.

— ¿Escuchaste lo que dijo Tatiana?—  su voz irritante hizo que rechinara los dientes.

—Obvio, estaba ahí tarada. No puedo creer que pidiera cambio de instituto, ósea que cobarde es...—pauso unos minutos, supongo que se retoca el maquillaje. 

—Sí, digo, ni que fuera la única que queda también está esa chica...—Chasqueó los dedos intentando recordar— banana— Lana, la corrigió su amiga —Esa misma y Alana, Sandra, Ariana.

—Sabes lo estúpida que es, no es necesario recordártelo.

La puerta del baño se abre y se quedan en silencio.

— ¿Vienes a vomitar?—comenta la de voz irritante con sarcasmo.—Vamos Gretta, dejemos que la cerdita se ayude un poco. 

Las risas intensas seguido de sollozos hicieron que levantara el inexistente trasero del inodoro, espero unos segundos y cuando escucho que una de las puertas de los cubículos se cierra, salgo corriendo al gimnasio.  

Para mi suerte la clase ya comenzó y la profesora Hela no es del tipo que se comporta como una cría con sus estudiantes, me da órdenes de recoger los balones al terminar y mientras estar sentada en la banca como castigo.

Ella sabe que no es un castigo para nada, pero es eso o tener que impartir de cero la clase.

Al terminar todos salen y solo quedamos Alana, la chica castigada por fingir dolor menstrual y yo.

—Recoge los de allí—indica con el dedo cerca del depósito, asiento y voy en busca de ellos. Esto es lo que más detesto en los días que juegan a quemados, aparte de recibir balonazos por ser la más lenta y ser la última en ser escogida.

Tomo tres balones a la vez y con dificultad tocó el pomo de la puerta, puesto que no puedo ver porque uno de ellos tapa mi vista. Al abrir los dejo caer y cuando los voy a arregla la puerta es cerrada con seguro, escucho una risita cómplice afuera y caigo en la cuenta de que fue una trampa.

Para mala suerte de los demás no soy tan tonta como creen. Siempre estoy preparada para este tipo de cosas, así que con paciencia dando tiempo para que se retiren y no pillen lo que hago, saco de mi brasier el teléfono y empiezo a buscar donde cae mejor señal.

—Una barra, ¡Yuju!— murmuro y marco al número de Kyle, porque de llamar a mamá todos se burlarían. 

Primer timbre, nada.

Segundo timbre, nada aún.

Al tercer timbre estoy por darme por vencida cuando su acento sexy se escucha.

— ¿Lana?— Quiero responder en serio, pero un grito agudo y lleno de dolor se escucha del otro lado de la puerta. Luego le siguen golpes secos y arañazos, una mano choca contra el ventanal y trago un nudo grueso, me alejo con cautela hasta pegar a la pared y cuelgo.

Choco la espalda con la fría pared hasta caer sentada y culminar aovillada, cual cobarde.

No sé cuánto tiempo paso así hasta que el sonido del pestillo me aterra. Un latido irregular y mis lágrimas bajando descontroladas en espera de lo que sea que esté por entrar.

Cierro los ojos esperando al verdugo pero en cambio escucho la voz de un ángel.

— ¿Lana?— abro los ojos y veo la cabeza de Kyle asomarse, en su rostro se ve palpable la preocupación. — ¡Lana!—grita entrando y arrodillándose frente a mí. — ¿Te pasó algo? ¿Te hiciste daño?, escuché el grito y me preocupé.

—No nada, estoy bien— apenas y puedo hablar del miedo—pero... ¿Cómo me encontraste? 

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