miércoles, 18 de abril de 2018

MENTIRAS. Siempre fuiste tu.

Capítulo 11


Desperté en mitad de una habitación elegante. 

Decorada con cortinas de color vino y amueblada con muebles de primera que se ve desde lejos son de una madera costosa, tiene un espejo enorme al fondo que por las orillas está cubierto de dorado. En el techo hay un candelabro que parece antiguo, una de las dos enormes ventanas que posee da de lleno con el paisaje de un bosque frondoso y verde.

El dolor de cabeza me está matando pero eso no evita que piense por qué carajos estoy acostada sobre una enorme cama y cubierta por tela de seda color vino. Algo raro está sucediendo lo presiento...

La mesita de noche que tengo del lado izquierdo tiene sobre ella una lámpara de color beige con detalles esculpidos en madera, de pequeñas flores a colores rosa y violeta con toques dorados que lucen delicadas.

Siento un suspiro cerca de mi oreja y de inmediato giro en busca del dueño, pero no hay nadie aquí. Respiro profundo puesto que ya empiezo a pensar que debo acostumbrarme a este tipo de cosas extrañas que suceden alrededor o terminare por volverme loca, una idea fugaz hace que reaccione.

¿Dónde estoy? 

Me pongo en pie pero siento un leve mareo y una punzada en la cabeza, con ambas manos voy a la región que duele y toco con calma las vendas. Alguien se preocupó por sanar la herida.

Bajo la mirada y reparo en la ropa que llevo puesta, la cual no es la misma que tenía cuando fui al instituto. Ahora llevo sobre mi cuerpo un vestido corto por sobre los muslos de color negro con encajes, unas medias de rayas gris con negro y al parecer unas pantis del mismo color. 

Se encargaron de vestirme a juego, puede ser algún enfermo con fetiche de gótico. 

Dejo escapar un suspiro y camino con suma paciencia hasta el espejo, notando que también se preocuparon por colocar un maquillaje ligero y triste sobre todo mi rostro. Tan diferente a lo que soy...

—Hermoso ¿no?—giro sobre los talones al escuchar esa voz y no puedo creer lo que veo. —Sí, lo sé soy muy buena en esto de la moda, gracias, gracias. —Dice aparentando recibir halagos de no sé quién porque yo solo la observo espantada por ser tan...

Tan parecida a mí.

— ¿Quién eres?, mejor dicho... ¿Qué eres?—En efecto debe haber sido ella quien me vistió, ya que, lleva una vestimenta en su totalidad de color negro y su maquillaje es parecido pero más cargado con sombras púrpuras y labial del mismo color.

—Oh, eso.—Arruga la nariz y se arroja sobre los muebles dejando sus botas negras por fuera de los mismos, cubiertas de fango.—Será mejor que tomes asiento—niego y se ríe—bien como quieras, procura no desmayarte sobre la alfombra por favor.

Saca su teléfono del bolsillo y testea algo para luego apagarlo recostándose más con tranquilidad, como si esta fuera su casa.

—Mi nombre es Verónica Antonella Kozlov Ventury.—Se mofa de todo en general y de verdad molesta su actitud de rebelde de película.—Tengo dieciséis años y nací el mismo día que tú, a la misma hora en el mismo lugar y de la misma madre... ¿Sabes por qué? ¡Porque somos gemelas!

Grita fingiendo alegría. 

—Está mintiendo. —Pienso.

—No lo está. —Responde una voz femenina dentro de mi cabeza que eriza la piel.

— ¿Te comió la lengua un gato?—comenta haciendo puchero obviamente aburrida.

—No. —Respondo, alejándome de ella por si se le da por atacarme con el arma con la cual me apunto en la habitación.

—Si estas molesta por lo de ayer, fue sin querer —argumenta mirándome fijo— pero se sincera contigo, no habrías venido conmigo si te trataba bonito.

En cierta forma tiene razón, cuando mucho le habría cerrado la puerta en la cara.

Su teléfono suena y obtiene toda la atención de la chica.

Qué bueno, de no ser así tendría que seguir escuchando sus locuras.

Me sorprende saber que no habla el mismo idioma que hasta hace un momento, no, esta vez está hablando en ruso. Un clic en mi cabeza hace que entienda que no era un idioma de otro mundo el que hablaba mamá, ni el de la persona del parlante en el instituto, sino el mismo que utiliza la mocosa roba apariencia que camina alrededor interesada en la conversación por el teléfono.

No puede ser.

¿Mamá sabe ruso?, un segundo... ¿¡Dónde está mamá!?

Corro de un lugar a otro en busca de mi progenitora pero no la encuentro por ningún lado de la habitación, tan desesperada me veo que Verónica (como dijo llamarse)  cuelga la llamada y se queda viendo cada acción que realizó.

Busco en el armario y no está, tampoco en el baño o debajo de la cama.

Simplemente mamá no está aquí.

— ¿Dónde está mi madre? ¿Qué le hicieron a ella?—Grito a punto de saltar sobre  mi supuesta gemela, la cual alza ambas manos en forma de paz.

—Está en otro lugar, te llevaré con ella luego de que escuches lo que alguien tiene que decir. —Niego reiteradas veces colocando las manos sobre mi cabeza, tratando de pensar en cualquier cosa positiva que evite un ataque de ira.

Cuento varias veces en busca de tranquilidad, pero lo único que logro es tener más dolor de cabeza y entre una de las tantas punzadas que me ha dado, caigo despavorida al vacío.

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