sábado, 14 de abril de 2018

¡Terror!

¿Has hablado alguna vez con gente muerta?
Yo solía ser un hombre incrédulo, racional en toda circunstancia. Yo  solía hacer chistes con los muertos, con mis muertos, tomar a broma los  relatos de apariciones, conjuros y todo lo relacionado a espíritus.  Ahora ya no puedo.


Es maravilloso el avance la tecnología. La primera vez que me invitaron a  una página social no sabia por donde empezar, con tanta información.  Subí mi foto, llené mi perfil, y sin mentir, me dediqué a adornar tanto  como pude mi solitaria vida. Ya que tenía algo de práctica y después de  aceptar a algunos contactos como mis amigos, me aficioné a visitar  páginas de antiguos conocidos, con lo que me entretuve y me asombré de  todo lo que puede contar una foto o un detalle de las personas, más allá  de lo que afirman sobre su vida.


Ya no vivo en mi ciudad natal, y había perdido contacto con muchas  personas, incluso de mi familia, así que en mi búsqueda encontré de  todo: los que gustosos exhiben sus logros de vida (y a veces presumen)  lo que han logrado o disfrutado: buena vida, buena fiesta, excelentes  viajes, una linda familia, un envidiable coche; los que aparentan y no  son: felices, inteligentes, exitosos o ricos; las que intentan superar  un trauma de juventud: operadas, con lentes de contacto de color o con  peinados a la moda; los que opinan de todas las publicaciones o fotos de  los demás; los que pasan su día dedicados a ganar puntos o medallas en  sus juegos favoritos y que sus noticias nos informan acerca de su nivel  de jugador o solicitan ayuda para mejorarlo; los que se suman a páginas o  redes activistas, de ex alumnos o  de artistas; los que recuerdan el  pasado en fotos o narrando aventuras.


Me sentí nostálgico cuando revisé perfiles de antiguos compañeros de  escuela o de trabajo, me alegre por algunos y compadecí por otros; me  reí pensando que unos no cambian, me impactó ver como otros han cambiado  demasiado, ojala en todos los casos para bien. Mi curiosidad me llevó a  buscar a mis ex novias o chicas con las que salí y no sabía nada de su  vida. En algunos casos la información era pública y sórdidamente me  divertí un rato, mientras que en otros me quedé con las ganas de saber  si salían con alguien, tenían hijos o se habían puesto gordas.


Es curioso ver las fotos que publican, algunos para presumir cómo viven o  viajan, otros sólo para compartir cosas importantes de su familia.  Algunos ponen 25 fotos de la misma escena, y tienen colección de todos  los acontecimientos, aunque sean cotidianos. Las fotos principales, que  van junto al nombre, también revelan aspectos importantes: los hay  quienes están solos, en primer plano, al fondo en un bello paisaje,  acompañados de su pareja, solo con sus hijos, o todos juntos. A veces  aparecen sólo sus hijos, un dibujo o un logo. Y algunos, extrañamente,  no ponen una foto jamás.


Así que ese archivo, esa vida virtual, se convierte en un reflejo de la  propia vida. En casi todos los casos, porque los muertos no pueden  narrar lo que piensan o sienten. O eso era lo que yo creía.


Solía revisar mi página unas cuatro veces por semana, aunque al  principio, con la novedad, pase algunas semanas haciéndolo a diario,  incluso dos o tres veces al día. Un día, se me ocurrió una broma macabra  para el día de halloween: abrir una cuenta con el único compañero de  generación fallecido; enviaría mensajes al resto de la generación y  conseguiría polémica, susto entre ellos y para mí, mucha diversión.


No sé realmente porqué pensé que sería divertido. No sé porque pensé en  Horacio, ya que era un buen tipo, moderadamente bien parecido y popular,  aunque nunca fuimos muy cercanos. Supongo que por esa razón, nunca  conectarían que yo pudiera administrar esa cuenta falsa. Éramos  compañeros de salón, algunos años en la pequeña ciudad a la que  pertenezco, hasta que él se había mudado a otra ciudad y yo a la capital  del país. Un día, de forma extraña, hace unos 11 años ya, recibí una  llamada en mi trabajo. Era Horacio, interesado en hacerme unas preguntas  porque sabía que yo vivía en la capital, y pensaba visitarla. En el  anuario consiguió el telefono de la casa de mis padres, mi madre le  había dado mi nuevo número.


No me dio muchos detalles, solo dijo que andaba tras una muchacha por  aquí y que necesitaba los datos de un hotel cercano a su casa y  económico. Se los di, junto con el número del apartamento donde yo  vivía. Pasaron algunos días y una noche, mientras bebía una cerveza  frente al televisor, sonó el teléfono. Era Horacio, se oía abatido y  triste. Me agradeció los datos del hotel, que le había resultado cómodo y  me contó que las cosas no habían salido bien, que había visto y salido  con la mujer a la que pretendía, pero que ella lo había rechazado, al  parecer tenía un novio. Entonces intenté consolarlo, compadecido de que  se encontraba solo en una ciudad grande y recurriendo a alguien  relativamente extraño. Así que lo invité al apartamento, a charlar y  beber, pero rechazó la invitación. Si me informó cuando regresaría a su  ciudad no lo recuerdo.


Pocas semanas después, experimente una dolorosa sensación: me había  enterado de la muerte de Horacio, que fue en su departamento, en  circunstancias extrañas, de las que realmente nadie sabe,  ya que  circularon varias versiones: un asalto, un accidente casero… todo en  medio de sangre. El cadáver lo encontró su hermano, que fue en su  búsqueda después de algunos días de no contestar sus llamadas. Eso debió  ser perturbador, porque  regresó a vivir con sus padres después de  aquello. Mi madre me informó la tragedia cuando lo leyó en el periódico  local, al recordar que le había llamado preguntando por mí.


Llevé a cabo mi plan: Abrí la cuenta después de averiguar algunos  detalles como fecha de nacimiento. Pasé algunas horas aquel viernes  enviando mensajes de contacto a cada uno de los compañeros de la  escuela, siguiendo una lista que previamente elaboré para evitar olvidar  alguno, empezando por sus amigos cercanos o quienes aparecían  frecuentemente en algunas fotos viejas que había conseguido. Claro que  no me olvidé de las chicas que se rumoraba le gustaban o había salido  con ellas. Me tardé bastante y aún con lo cansado que estaba después del  trabajo, complete la lista y oprimí enviar.


Pero sin conocer las reacciones de todos esos contactos, me llegó el  primer mensaje. Fue a la mañana siguiente de enviarlos, movido por la  curiosidad, ingresé a mi cuenta con la idea de leer mensajes de pánico o  de indignación (más respeto a los fallecidos) y tenía un mensaje en la  bandeja de entrada. Remitente: Horacio Cárdenas.


Me temblaron las piernas y una oleada eléctrica me recorrió la espalda.  ¿Alguien me estaría devolviendo la broma? Nadie conocía mi intención de  hacerla ni la palabra clave de ingreso a la cuenta. Al leer el mensaje  reconocí a su autor: Horacio. –Hola- recitaba el saludo, -desde mi  visita a tu ciudad mi vida se complicó, hasta terminar, ahora estoy en  un lugar extraño y he encontrado la forma de conectarme contigo, espero  me ayudes-.  Esa fue la primera pista, nadie, -ni mi madre- sólo la  mujer que visitó y yo, sabíamos que había estado aquí.


Fueron los dos días más angustiantes de mi vida. El fin de semana más  espantoso. Cerré de golpe la computadora y me salí del departamento.  Caminé nerviosamente por la calle y me detuve a comprar un café. Todavía  era muy temprano, había poca gente y yo me sentía asustado y  perseguido. Volví como a la media hora, intentando convencerme que haber  dormido poco me había afectado. Abrí la computadora y entonces leí: -No  te asustes, compañero, que lo que hayas oído de los espíritus malos no  aplica en mi caso, te perdono la broma, pero en serio necesito tu ayuda.  P.D.: ¿Te gustó tu café?
Poco a poco el espacio público se fue llenando de los esperados  mensajes, de casi todos los que había contactado, excepto yo. Mandaría  alguno o sospecharían. Me fue difícil porque me temblaban tanto los  dedos que escribir se hacía casi imposible.


-Necesito que mi familia sepa porqué morí- Me pedía en su siguiente  mensaje. Yo daba vueltas de un lado a otro, no tenía hambre o sueño y  casi me da un infarto cuando sonó el teléfono. A pesar de que era un  insistente vendedor de seguros, agradecí su llamada y la atendí como una  forma de sentirme acompañado o auxiliado por alguien.


Por fin me decidí a responder los mensajes, cuando comprobé que sólo a  mí me habían llegado. –¿Qué quieres que haga? Si puedo, te ayudaré, pero  antes dime: ¿que fui a hacer a tu casa el segundo año que compartimos  juntos?- Intenté autentificar que fuera él, haciéndole una pregunta  difícil de recordar para él o de saber para alguien más. –Un trabajo de  maquetas- escribió, -lo recuerdo porque manchaste mi silla favorita  mientras comentabas que te gustaba mi colección de cochecitos, sobre  todo el cavalier sedán 1953-. Increíble la precisión de la respuesta,  así que me convencí.


-Te contaré la verdad de mi muerte y te encargarás de que la sepan, y  cuando mueras notarás de algún modo que habré agradecido lo que haces  por mí -. Pensé que era mejor que no me agradeciera de ningún modo ni  que mencionara mi muerte como un evento cercano, a pesar de saber que  era un evento inevitable.


-Después de estar aquí en tu ciudad y ver a la mujer de la que estaba  enamorado, regresé a la mía, profundamente triste. Ella me rechazó, de  una forma cruel después de haberme dado esperanzas, de recibir regalos y  atenciones de mi parte y de pedirme que la fuera a buscar. No sabía  porque lo hizo, hasta el día en que morí. Tenía lágrimas en los ojos la  última vez que nos vimos, pero pensé que eran fingidas, pensé que  realmente era una mala persona, pero es un ángel. Pensó en sacrificarse  por mí y no supo que alguien terminó sacrificándome.-


De repente mi miedo se confundió con mi curiosidad, con las ganas de  resarcir no haberlo escuchado aquel día que me llamó afligido y que  ahora podía compensar…¿informando a la familia lo sucedido? Me creerían o  peor aún: ¿Me culparían de alguna forma?


-Aquella noche en la que morí, abrí la puerta, saludé a mi visita, y  después de ofrecerle alguna bebida, recibí un golpe en la cabeza que me  aturdió, con el mismo vaso en donde le había servido un refresco. Sin  recuperarme aún, me acusó de pretender a la mujer que él amaba, a la que  había amenazado para que me dejara pero que de cualquier modo sabía que  yo seguía presente en su corazón, que mientras viviera no había  esperanza de que me olvidara y peor aún de que lo amara a él. Así que me  asestó tres puñaladas mortales y luego me empujó con fuerza tal que  recibí un fuerte golpe en la cabeza. Diles a mi madre y a mi padre que  mi asesino lleva mi sangre y vive con ellos. Dile que fue mi hermano  quien hundió su cuchillo en mi cuerpo.-


Al leer aquello me dio vueltas la cabeza, como les diría, no tenía  pruebas, me quedaba claro que era una advertencia importante y tenían  que saber. Era mi responsabilidad. Pase esa noche revolviéndome en mi  cama, y cercano al amanecer me venció el cansancio. Dormité algunas  horas y en la mañana me levanté mareado y vomité un poco. Hacia el  mediodía comí ligeramente, presionado por las treinta y dos horas que  tenía sin comer. En la tarde me decidí y llame a sus padres, pensando  que avisaría que iría a visitarlos para darles la noticia en persona.


Así que llamé, sin pensar mucho que pasaría si contestaba el hermano, o  que pasaría si al llegar allá me toparía con él.  Pensé en anunciarme  para el siguiente fin de semana, ya que el viaje sería largo. –Bueno-,  contestó su madre  quedamente, con un tono que se me figuró tendría  después de mucho llanto.
-Sra. Cárdenas, habla un amigo de Horacio, ha pasado mucho tiempo y no  creo que se acuerde de mi, tengo algo importante que decirle y me  gustaría ir a verla, vivo en la capital y quizá haré el viaje la próxima  semana, ¿podría recibirme? Lo que tengo que decirle también concierne a  su esposo- Me pareció oír un sollozo, y la madre de Horacio me  contestó: -Efectivamente no te recuerdo, pero te recibiré. Aunque podría  no ser la próxima semana, sino hasta dentro de algunas más y no estará  mi esposo ya que lo enterramos el día de ayer-. –Disculpe, ¿Necesita  ayuda? ¿Cómo murió?- Pregunté cortadamente – Fue muy extraño,  sospechamos de suicidio, aunque tenía un golpe en la cabeza difícil de  provocárselo él mismo, pero no te puedo dar detalles, tengo que  colgarte, llama después, por mi no te preocupes, estoy con mi hijo  menor, que me cuida.-  Y cortó la llamada.


El corazón me latía aceleradamente mientras colgaba. La muerte del padre  de Horacio sucedía mientras me asignaba mi misión. ¿Era responsable  ahora por la suerte de su madre? ¿Debía llamar a la policía? ¿Quién me  creería? Irracionalmente pensaba también en algo que me producía más  terror: Ver descubierta mi broma en la red y las consecuencias que había  traído. Lloré apesadumbradamente sobre mi computadora.


De repente, de un sobresalto me levanté de mi escritorio, habían pasado  algunas horas, pero aún era viernes. El mensaje estaba terminado, la  lista de nombres completa, sólo faltaba oprimir enviar, al parecer me  había quedado dormido. No sentí alivio, pero al intentar borrar de mi  máquina y de mi mente aquella horrible broma, abrí un mensaje del  hermano de Horacio que decía: -Confío en tu silencio, sé que vives solo.

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