Capítulo VIII
"El recuerdo perdido"
Eran
las 03:30 am, Trisha McFire escuchó un sonido seco y ensordecedor fuera de su
habitación, se encontraba comiendo su helado de mantecado para poder relajarse
de su día estresante, lleno de cajas y clientes molestos.
Una
de las tantas malas mañas que había obtenido gracias a su trabajo nocturno en
el bar de la ciudad, se levantó temblorosa y caminó con miedo hasta el pasillo,
sacó su cabeza por el espacio entre la puerta y la pared, resopló fuerte y se
armó de valor para caminar por ese sendero invadido por las penumbras.
—
¡No!
El
grito lleno de pánico y súplica provenía del piso de arriba, enseguida su
respiración se entrecortó y comenzó a sentir náuseas, el sudor se hizo presente
y los dientes le tiritaban.
El
segundo grito fue aún más aterrador, estaba cargado de dolor y rendición, por
la mente de Trisha solo vagaba la idea de huir y abandonar todo ese acto de
película de terror, pero simplemente no podía, porque las personas que estaban
en ese piso eran parte de su familia imaginaria, la que ella había nombrado de
esa forma por ser huérfana de nacimiento, y obtener la ayuda y protección de
los miembros de ese motel.
Respiró
hondo y ordenó a sus flaqueantes piernas caminar, en dirección a la escalera
del fondo, estaba oscura y a penas con la luz del pasillo podía ver dónde ponía
los pies —Dios, dame fuerzas —murmuró, trago grueso y subió paso a paso, con
calma para no resbalar y caer escaleras abajo causándole más dolor del que le
causaba el pánico en ese momento.
Al
llegar al final del último escalón notó como la puerta de sus vecinos los O'
Connors, se encontraba meciéndose de un lado a otro, y la tenue luz de la
habitación iluminaba la entrada. Miró a los lados en busca de cualquier otro
inquilino, que le ayudará a calmar sus nervios a flor de piel, pero sólo pudo
dar con su sombra y de un respingón que dio, chocó su cabeza con el muro. Era
una presa del miedo y eso podía verse a más de veinte metros, pero debería
calmarse o moriría en ese lugar, se giró en dirección a la puerta y caminó
derecho, sin mirar a ninguna otra parte por el bien de su corazón.
El
grito lleno de horror que quiso soltar a los cuatro vientos tuvo que
aguantarlo, puesto que frente a ella se veía una clara escena del crimen. Tres
cuerpos se hallaban a lo lejos cubiertos de sangre, la mujer de cuarenta años
que siempre le acompañaba a la tienda por víveres estaba sentada en su silla de
tejer, sólo que con los palillos incrustados en sus ojos; Clare su vecina de
dieciséis años era uno de los cadáveres del fondo, tenía múltiples heridas en
su cuerpo, junto a ella a unos centímetros pegados a la pared Elliot su novio y
confidente, tenía la boca cosida y una cara de terror que ni la muerte había
podido borrar.
—Necesito
aire —abanicó su rostro reiteradas veces, corrió cuando sintió su bilis subir,
al más no poder, dejó salir el vómito sobre la pecera llena de agujeros,
producto de los impactos de balas.
Recupero como pudo el aliento y buscó algo con
que llamar a emergencias, cuando la operadora respondió al quinto tono, otros
gritos provenientes del piso donde vive se escucharon por todo el lugar.
—
¿Hola? ¿Hola?—Escuchó decir a la operadora, pero estaba completamente muda y su
cabeza no formulaba ninguna oración coherente que decir.
—Esta
es una línea de emergencia, si vuelve a llamar para...
—Soy
Trisha McFire, vivo en el motel Welsey Moley. —Esperó unos cortos segundos,
hasta que escuchó nuevamente a la operadora preguntar por su emergencia. —Hay
tres cadáveres en la parte media del motel y quizás hayan más arriba, no lo sé,
escucho gritos por todos lados.
—
¡Ayuda!
Dejó
caer el teléfono sin dar más explicación, fue en busca de quien había soltado
el grito de auxilio, varias puertas más allá de donde se encontraba observó a
Molly, su compañera universitaria, arrojada en el suelo mientras se desangraba
por los costados de sus costillas.
—
¡Molly!, ¡Molly! —la chica pecosa la miró con una leve sonrisa, sus ojos color
aceituna estaban perdiendo su brillo.
—Sal
de aquí, busca ayuda, hay alguien acabando con los huéspedes en el motel...
—sus labios temblaban y se estaba comenzando a quedar dormida.
—No
Molly, no te duermas. ¿Molly? — ya era tarde, su amiga se había quedada dormida
y no en un sueño del cual despertará en horas. — ¡joder!
Su
camisa blanca y manga larga que había comprado el año pasado para las
festividades navideñas, estaba teñida de aquel rojo carmesí proveniente de
Molly, debía hacer algo y eso era seguro antes de que él, o los asesinos dieran
con ella y terminaran con su vida. Dejó el cuerpo inerte de su compañera en el
suelo y corrió de la manera más sigilosa que pudo por el corredor, al parecer
el causante de todos los cadáveres que antes vio, no había perdido el tiempo y
pasó por cada puerta extinguiendo cada llama de vida que encontró.
Al
llegar al recibidor cayó en la cuenta de que no había nadie más que pudiera
ayudarle, los autos que por lo general se encontraban aparcados afuera no
estaban.
—
¿Cuándo pasó todo esto?
Colocó
sus manos sobre su boca, tratando de calmar el miedo que recorría cada parte de
su ser, desde la nuca hasta los pies sentía una fuerte corriente recorrerle,
era abrumador de tan sólo pensar que se encontraba sola, con un asesino en
serie que no sentía remordimiento alguno.
Respiró
hondo una vez más y se escondió tras el mostrador, en espera de alguien que
viniera de afuera por información o una habitación, diez minutos exactos paso
contando mientras movía sus piernas de una manera desenfrenada cuando el
teléfono del escritorio sonó.
Ahogó
un grito y se levantó con extremo cuidado, mirando con cautela a los lados
desde hace mucho rato que no escuchaba nada, ni un grillo si quiera que le
hiciera sentir compañía.
—
¿Hola? —murmuró con la voz pastosa.
Un
suspiro, un bendito suspiro al otro lado de la línea erizo cada vello de su
piel.
—
Necesito ayuda ¿hay alguien allí?
En
tanto se dio cuenta de su error, y su cabeza pensó con un poco de claridad dejó
caer el teléfono, para salir como alma que lleva el diablo a la carretera. Ni
un auto, ni una persona, ni siquiera un perro callejero caminando solo por el
lugar, no veía absolutamente a nadie, el ambiente era tenso y podía sentir la
soledad donde fuera.
No
se quedó a pensarlo mucho y caminó sin rumbo por la carretera, bajo la escasa
luz de la luna, si de algo estaba muy segura es que no quería morir sin dar la
batalla. Guardó sus energías en caso de tener que salir corriendo y mientras
caminaba tarareando una canción en su mente.
Varios
minutos rondando sin rumbo alguno, escuchó en su silencio como las llantas de
un auto rechinaban al chocar con el asfalto, su instinto de supervivencia
estaba en alerta y se escondió entre algunos arbustos, en efecto si era un auto
el que pasaba y sí, su instinto era el mejor.
La
camioneta negra pasó por un lado de los arbustos, dos hombres eran quienes
ocupaban los asientos, Trisha no era estúpida si seguía el auto y se la daba de
héroe moriría lo tenía muy claro, pero si se quedaba escondida hasta que algún
otro auto pasara moriría de neumonía por el frío de la noche. Se ingenió un plan
el cual consistía en:
1) seguir la camioneta negra desde
lejos.
2) estar siempre oculta entre las
sombras.
3) robar el auto y ponerse en marcha a
la comisaría más cercana.
4) desconfiar en todo momento de
cualquier persona que se le acercase.
Siguió
el camino recién transitado por el auto, al salir el sol ya estaba más cansada
que cuando hacía sus trotes diarios para llegar a tiempo a su área de trabajo,
se detuvo a tomar un respiro y dio gracias por un día más de vida, miro a la
lejanía y logró dar con un destello, afinó más su vista y captó el auto parado
no muchos metros más allá, debía pensar en algo y rápido, había llegado al
lugar que esperaba pero no tenía idea de que encontraría.
Observo
todo con detenimiento y se escondía en cada cosa que veía hasta estar tan cerca
de la pequeña cabaña, se agacho y escondió. Camino cautelosa y se escabulló por
los arbustos que se encontraban detrás hasta dar con algo que la dejó
boquiabierta, no solo eran asesinos desenfrenados eran algo peor... Mucho peor.
Tras
la cabaña la cual, sólo era una fachada para su maquiavélico plan, se
encontraban más o menos doce chicas inconscientes y con muy mala pinta, al
parecer habían sufrido de un constante maltrato ya que tenían múltiples
moretones y heridas en sus rostros.
Cuatro
rubias, tres castañas, dos chica de cabello naranja, dos más de cabello rojo y
casi al fondo en silencio mirando con detenimiento todo a su alrededor
visualizo a una chica de cabello negro, la cual por alguna razón le picaba en
curiosidad.
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