Capítulo 06
— ¡Cuidado con esa caja!, Lana
despierta por Dios.
Despabile y justo a tiempo, solo
quedaba poco para que la caja con las pertenencias de vidrio con las que mamá
acostumbra a decorar la sala se cayera y reventara todo. En definitiva iba a
ser el mayor escándalo que ella haría, tendría que soportar por meses su mal
humor.
Era sábado por la mañana, ya solo
restaba un día para volver a clases y tenía la cabeza por las nubes de tanta
tensión. Mamá rentó una pequeña cabaña a las afueras, lo suficientemente lejos
para que cualquier persona de la ciudad no se atreviera a seguirnos pero a su
vez cerca de la parada donde pasa el primer bus en dirección al instituto.
Llevamos al menos una media hora
de haber llegado y como solo se trata de dos mujeres, se pueden imaginar lo
tanto que nos ha costado bajar las cincuenta cajas de la camioneta que le
prestó un amigo a mi progenitora para el traslado.
No estamos tan solas como parece
en las películas cuando se habla de una casa en las cabañas. A nuestros
alrededores a una gran cantidad de habitantes que desde las ventas <<como
las viejas chismosas>> o las puertas <<sin
vergüenza>> nos miran, señalan e incluso toman fotos.
Me dan mala espina, porque es
como si fuéramos una especie en extinción y ellos lo cazadores con mal corazón
que esperan que el cuidador del bosque se voltee para hacer de las suyas.
—Mamá, este sitio no me agrada
mucho.— Digo entrando y dejando la caja frente a la escalera.
La cabaña no es la gran cosa, son
solo cuatro paredes con tres habitaciones, dos baños una sala y comedor. Las
pequeñas escaleras que están frente a la entrada consta de tan solo tres
pequeños escalones, tiene una sola ventana y es panorámica ubicada en la parte
delantera a un lado de la puerta y los muebles de estar que parecen haber sido
decorados en la era de la prehistoria.
—Es lo que hay, cariño— No voltea
y continúa limpiando la vieja cocina— En lo que Susan encuentre algo mejor me
va a avisar, de lo contrario se las verá conmigo.
Suspiro y repaso nuestro nuevo
hogar una vez más.
Luego de ver que mi progenitora
ya ordenó los muebles con ayuda de unos chicos a los que les pago para
meterlos, reparo mi vista en aquella puerta del fondo, esa que está después de
ellos y tiene tres seguros y un candado. Trago un nudo que se formó en mi
garganta y me acerco a ella sin hacer ruido para que mi madre no me ordene a
hacer algo solo porque no tengo nada es las manos.
La puerta es de madera vieja,
está sucia y huele mal. Ni idea del porqué, los seguros parecen
viejos pero no están oxidados así que supongo que los mantienen con grasa o
aceite y por último está la perilla, que tiene una llave rota dentro y parece
haber sido forzada.
La toco con suavidad y siento
como cada vello de la espalda se eriza, en señal de que algo va mal. Doy dos
pasos atrás y veo como una cabeza naranja se agacha tras el ventanal, camino
decidida en busca de la persona mientras la casa se llena del aroma a pan de
ajo que mamá cocina.
Bajo las escaleras corriendo y
entre los arbustos encuentro la figura de una pelirroja corriendo en dirección
a la calle principal. Corro tras ella, sin miedo, sin pena, me da igual lo que
puedan decir el par de ancianas que ríen mientras se mecen en las mecedoras de
sus casas.
El aire me falta, nunca fui muy
atlética debo admitirlo pero Dios no llevo ni dos minutos corriendo y siento
que se me va a salir un pulmón por la boca. La chica, en cambio corre con
facilidad entre los árboles viejos y las rocas, siendo ese supongo su hábitat
natural porque el mío es más de humo por doquier y cemento.
Llego hasta un pequeño puente,
uno que me deja un muy mal sabor en la boca y entonces ella hace su aparición.
— ¡Ey!— salta de entre los
árboles y como me siento tan cansada no soy capaz ni de emitir un grito, es más
me dejo caer sobre el suelo tratando de recuperar energía. —Fuiu, en serio estas
mal niña deberías de hacer ejercicio. Yo acostumbro a correr todas las mañanas,
luego camino hasta aquí y vuelvo trotando y por último realizo flexiones con mi
hermano ¡Oh cierto! —exclama
—No sabes quién es... Bueno Silver
es mi hermano pero no acostumbra mucho a salir; ni siquiera le gusta ver clases
fuera de casa así que por eso papá le paga un tutor desde los diez años y en
cambio yo voy al instituto en la otra ciudad, debo tomar dos buses ¡dos buses!
Ni te imaginas lo temprano que debo pararme y todo por los caprichos de mi
familia ¡Puaj! yo solo quiero ser novelista digo para eso no necesito estudiar
matemática, física o química ¿me entiendes?
Quedo en una especie de shock,
habla tanto que parece no respirar. Froto mi cara con las manos y ella sigue y
sigue y sigue hablando, lo peor es que ya perdió el hilo de lo que
dice creo empezó con ejercicio y terminó con las montañas y la
historia que existe tras ellas.
— Y por eso a mis padres no
les gusta que tratemos a la gente de la ciudad.— Respira hondo y yo limpio mi
baba mental, porque ya estaba medio dormida.
—A todo esto ¿quién eres? y ¿por
qué husmeabas en mi casa?— Indago y antes de que habrá la boca me arreglo para
escuchar lo que tenga que decir.
—Ah, cierto, cierto. — Me
extiende la mano y la tomo con desconfianza— Soy Silvya, vivo a unas... ocho o
nueve casas de la tuya y husmeaba por qué mamá dijo algo sobre una chica nueva
que se mudaba a la cabaña prohibida.
Mis cejas se dispararon por
completo con eso "La cabaña prohibida”, recién sacamos nuestro
trasero de una ciudad donde se metían por la venta y ahora es probable que
cayéramos en una aún peor.
—¿Po... por qué le dicen así?—
tartamudeo porque el miedo ya se hizo paso en mi cuerpo, las manos me tiemblan
y tengo ganas de hacer pis en este preciso momento.
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